Sucesos Actuales

Entumecido

Mis pasos silentes hacían el contraste en una ciudad que funcionaba a medias. Esos días que quedan entre un domingo y un feriado parecen un crimen en términos laborales. Por mi parte, gozaba el privilegio de no estar en esa reclusión del día a día, en un pueblo remoto y fome, en una comuna que prácticamente no existe.

Entumecido, aceleraba el paso al bajarme en una estación de metro equivocada. Una pasada a una galería para saciar uno de mis gustos adquiridos. Mi acción cómplice con el capitalismo, la aprendida necesidad de la evasión mediante el consumo. Señor Moulian, discúlpeme, pero el placer de poder abrir esos bonitos sobres y viajar un rato a encontrarme con mi versión de 12 años de edad parece entregar, al menos, un resultado más oportuno a mis cuarenta y dos horas semanales formales de servicio a esta patria ingrata, en una profesión incomprendida por todos. Incomprendida por jefes, padres, apoderados, estudiantes, políticos y no políticos. Las cuarenta y dos horas semanales que finalmente, me permiten purgar los placeres del ayer. Materiales, por cierto. Porque si hablamos de los del futuro, esos que se pagan en unidades de fomento, ni hablar.

“Cada libro que venda será un ladrillo para mi casa”, les decía a los colegas escritores en una feria. Medio broma, medio en serio, como cuando en un consejo de profes soporífero le decía a mi jefa que necesitaba una derivación al psicólogo, como a los alumnos. Medio broma, medio en serio… el punto de referencia desde donde se mire da el espacio a esa relatividad que Einstein pretendía explicar paralelamente en los rieles de un tren que persigue a una luz que nunca regresa en esta paradoja de la libertad.

Que o la tumba será de los libres. Día a día construimos un panteón de sueños y deslices, de situaciones impulsivas que reprimimos, la mordaza que poco a poco fuimos acomodando a nuestra faz, como las mascarillas y su horrendo calor ahogante. A su vez, vamos soltando las manos, la ronda se acaba, en cada bus que veo pasar subiendo la Nueva Providencia, porque pese a que los esfuerzos de quienes han sufrido más que nosotros por revelarnos lo que con sórdidas mañas nos han ocultado, y que finalmente lograron plasmar en hitos y ritos para rememorar, se enfrentan hoy mismo a los que se arrogan el derecho -y hasta deber- de añorar las viejas e inmorales providencias.

Basta sólo con mirar lo que pasa al otro lado del vecindario. Podría incomodar una vez más al tipo de la aduana, por traerme esta vez un centenar de libros de Corrientes, que probablemente quieran huir frente a una hoguera que se avecina. “Cuidado, que leer te puede dejar solo” dijo el estúpido que osó destruir nuestro tetris de volúmenes, tan bien colocados en un bolso con la Mai. Me entero de pronto de que un gato choto está a punto de hacer explotar todos los estudios que la cartografía del miedo pudo haber realizado, pues su discurso va tipeándose con frenesí. La vehemencia de un otario trasandino sólo nos da un aviso para lo que pareciera ser nuestra próxima estación, dado que los ecos que reverberan en la cordillera vienen a borrar con el codo el sentido paternal de la patria misma. El sol de la bandera albiceleste mira con temor, y la estrella solitaria en el campo azul vuelve a atemorizarse ante la pasión de algunos malnacidos de querer seguir tiñendo de rojo el blanco de los Andes.

A ras del suelo, mis dedos pasados a lignina me contaban que las miradas están mutando. La ronda se va convirtiendo en un giro sobre el propio eje de quienes ayer fueran eslabones coloridos y animados. ¿Me habré olvidado de la definición de la palabra “común”? El uruguayo Roberto Fernández Sastre comparte conmigo la idea de que pasan cosas en los andenes, y aunque todavía no había pisado ninguno en esa caminata. La posmodernidad nos da bocados retorcidos de rutas que descarrilan, y que escucho en mis auriculares mientras prefiero pasar silente mi tarjeta de débito en una máquina de cobros. Más resignado que cómplice en este caso.

Me encaminé a la estación Tobalaba, que estaba cerca del local donde compré mis cartas. En el semáforo peatonal de Nueva Providencia frente a Tajamar miré a las personas que me rodeaban. No podía contarles que ese edificio que se erigía al frente era mi antiguo lugar de trabajo, con olor a papas fritas y pollo asado, ni de los departamentos que conocí acarreando un carro lleno de bolsas junto a abuelitas, jóvenes y prostitutas, con propinas que sonaban y otras que no, entre las que figura incluso una naranja rescatada de una vivienda de doscientos metros cuadrados en un piso once. Esos pequeños grupos al margen del sistema donde, finalmente, la colaboración mutua aboga por los intereses colectivos en una escala pequeñísima. En las sombras, a las espaldas del jefe, de los supermercados y del sistema. No se ha inventado el hilo negro, pero lo que sorprende es que eso todavía exista.

Miradas de distanciamiento. Hoy, todas eran miradas de distanciamiento. Nada contigo, nada por mí. La norma no es la comunión, sino el miedo. Era un lunes por la tarde, y parecía algo apacible, pero es posible palpar una indolente soledad en medio de un flujo de gente. Debía tomar el metro para bajar a estación Manuel Montt y como estaba cerca, me dirigí al acceso que se encuentra en un espacio nuevo llamado “Mercado Urbano Tobalaba”.  

En otros tiempos, estos nuevos lugares me movían con ansiedad a verlos de cerca, ojalá el mismo día de su apertura, para inmortalizarlo en fotos. Para un periférico el desarrollo se ve algo lejano. Pero finalmente, vamos comprendiendo en el recorrido que esa lejanía no es tan sólo física. Pues, ¿qué es la arquitectura sino una expresión de lo que aspiramos a ser en un aquí y ahora? Apagada, siniestra, lúgubre, como ese “mercado”. Una ostentación de estatus mezclada con minimalismo, gentrificación y apropiación cultural, que da sus gateos al son de un puñado de tiendas y restaurantes que recién sirven sus primeros platos.

Para llegar al metro debía bajar tres niveles. Pude apreciar una fila de gente que se perdía en la línea del horizonte, porque hoy por hoy nos hemos acostumbrados a las colas nuevamente. Tras la pandemia, lo que con tanto temor nos hablaban de viejos tiempos pasados a sovietismos, hoy se normaliza como si nada, porque es necesario también para ejercer el capitalismo. Las colas no son tan sólo cosa de upelientos.

En ese escenario seguía bajando a las sombras de la ciudad en busca de mi convoy, cuando de pronto me veo saliendo de una suerte de edificio con aire londinense, con un reloj que me decía que eran cerca de las cuatro y media de la tarde. Y estaba en una calle que no era calle, a punto de entrar en un túnel que no era túnel, mirando a un policía que no era policía, sino un guardia preparado para la guerra en cualquier país de Arabia que sirva de comodín. Cámaras por todo el lugar, y no veía el cielo.

¿Es posible que poco a poco estemos, finalmente, construyendo una ciudad bajo el suelo? El frontis del dichoso mercado urbano parece sacado de la misma calle, para haber sido pegado en medio del subterráneo, con una bruma que probablemente provenga de las pocas cocinerías abiertas donde lo menos que podrás encontrar son platos típicos, pues al fin y al cabo… ¿qué sería lo típico en este país?

La ronda se difumina, las revoluciones sobre nuestro propio eje las comparten también en Buenos Aires, Asunción, Nueva York, Madrid. Las miradas ya no buscan el romance fugaz, sino el acumular. Minutos, capital, especies, mas no tanto experiencias. Acumular lo que no necesariamente puedes compartir. No vi a aventureros buscar el sol, ni cuestionarse cómo es que en plena tarde de agosto lo normal sea caminar bajo un techo eterno, que se convierte en la cobertura de un laberinto colaborativo del mismo capital. ¿Es acaso la primera página de una distopía que se viene anunciando?

Amenazados, nominados en una placa. Las contradicciones y la inconsecuencia se convierten en una opción viable para limpiarme el trasero con la memoria de Rosseau, en la decisión del presidente de la república de invitar a un viaje de estado a quien denunció como violador de derechos humanos. La tibieza, francamente, que hace que la sumatoria de todas las fuerzas efectivamente den cero. Lo había dicho alguna vez, eso de avanzar sin desplazarse. Girar en círculos en el plano cartesiano, pues puedo marcar mi bip en la estación Tobalaba y terminar el viaje en la misma. Qué tanto resultado podemos esperar de eso más que un desgaste sin sentido.

Fernández Sastre, a través de un psicólogo de ficción hablaba de las cosas que pasan en los llamados “pasillos de correspondencia”, o de combinación, como les llamamos nosotros, como lugares donde perfectamente podemos palpar lo rugosa que resulta la inseguridad. En ese instante maldecí estar recluido en un pueblo aburrido cada día tratando de abrir los ojos a adolescentes hipnotizados por una pantalla de 6 pulgadas. Hace bastante rato dejé de romantizar la educación, esto es más que una cosa de buena voluntad.

Hace un par de días miraba el cortometraje de Moby & The Void Pacific Choir donde un niño miraba a un montón de adultos adictos a sus celulares, de las clases con el tercero medio reflexionando acerca de los riesgos de las comunidades digitales, de cómo uno se busca una perdición glamorosa que recolecta corazones de bytes modificando lo que se es. Claro, ciertamente hay hitos donde tocamos el suelo, mordemos el pasto y barremos lo que somos para reescribirnos, de acuerdo a lo que Chester Bennington nos contaba en What I’ve done. ¿Es que estamos demasiado ocupados en darle el gusto a una masa que les importamos un soberano carajo? ¿Es que resulta tan gratificante hoy convertirnos en quienes le prenderemos el fuego a las nuevas brujas que sacrifican sus vidas frente a una cámara? Así luego sentirnos con el derecho a fustigar, criticar, humillar, vapulear, cancelar; y luego dar cátedras de tolerancia. La nueva inquisición está en nuestra puerta, y “el gran hermano” se comienza a sentir dichoso de ponernos a pelear entre nosotros.

Esa madrugada hice una prueba: eran cerca de las dos y media de la mañana, y traté de buscar el ruido blanco que de niño me producía temor. Era el instante en el que debía poder reset y rebobinar la cinta. Encendí el televisor que tengo casi de adorno en mi habitación, y lo que menos encontré fue ruido blanco. Todos los canales nacionales abiertos transmitían algo, sin embargo, no me sentí acompañado. Es que la expresión “salió en la tele”, finalmente me terminó dando una terrible desconfianza. Apagué la pantalla, miré al techo. No puedo escribir nada, pues mi sensibilidad sigue estando trastocada.

A veces, siento que todavía puedo esperar las dos y media de la mañana y teclear mis abominaciones que después terminan perdidas en un blog o en un archivo de Word. Pero la rutina me espanta este impulso.

Cuando caminé al interior de la estación Tobalaba y me dirigía a la línea 1, me vi de pronto con una estampida de gente. No me había dado cuenta de que me había metido por el pasillo equivocado. Monocordes, se dirigían hacia la salida o la combinación con la línea azul. Lo que antes para mí era cotidiano, hoy se me hacía casi turístico. Y ciertamente, estar recluido en la periferia te va alejando del vértigo de una ciudad que se sube al carro de lo posmoderno, sin el romanticismo de otras capitales, como para que nuevos Ceratis pudieran homenajear en sus versos. Sólo nos dio para mujeres terribles en un lugar acorralados por símbolos de inviernos, y tal vez uno que otro portonazo de factura hollywoodense para ser convertido en una lírica urbana balbuceable.

El invierno hoy no se vive con la meteorología. Se vive en los andenes, estaciones, pasillos de combinación. Cuando llegué a línea 1, una pareja se besaba con mucho ímpetu, y lo que alguna vez escribí en una novela como una escena maravillosa, hoy por hoy resulta un acto de rebeldía. ¿Es que nos estamos quedando atrás? ¿De qué nos estaremos perdiendo? Tal vez la respuesta no tiene que ver con acontecimientos, sino que con aplicaciones de las distintas leyes de la termodinámica: la entalpía y la entropía, pero entre almas, entre deseos, vacilaciones y, sobre todo, impulsos. A pocos metros de un gran falo de vidrio donde el suicidio carga de oscuras vibras el máximo templo del capitalismo, me doy cuenta mirando la línea amarilla que todos nosotros ya estamos muertos, y no nos hemos dado cuenta, como dijo alguna vez el profesor Juan Pablo Arancibia.

Entonces fue cuando llegó el NS-93, juntos con los mensajes de decepción de la Mai por haber pasado solo al MUT. Cómo podría contarte, amor mío, que en este tren francés donde me ilusioné con un futuro en alguna parte del viaducto de la línea 5 pretendo escapar y tratar de nadar contra una corriente que a ratos me agobia. Que este gran hermano que torpemente hemos dejado que se configure día a día no puede ganarnos todavía, porque en una pasajera vi la esperanza en un libro de cubierta completamente negra. Todo lo que tengo para ofrecer son letras y, amor, no nos perdemos de nada en ese lugar -todavía-, hasta que el capitalismo nos indique lo contrario. A punta de borborigmos seguiremos reclamando, peleando y obligando a que los animales arrojen sus bozales, el monstruo se rebele ante Víctor, y convertirnos en los nuevos Prometeos, ya que nuestras palabras serán el fuego. Me urge decírtelo, porque debo regular mi nihilismo que me ha ido carcomiendo, cuya hediondez sentí con furia en esa estructura subterránea, y esta distopía que se está escribiendo tiene esa esencia.

“Siempre habrá vasos vacíos o con agua de la ciudad…”

Las ciudades nos invitan a danzar, pero nos quieren encerrados. Por la razón o la fuerza. No nos podemos permitir soterrar todo, porque sería ahogar el alma. Cabe preparar el rictus para cuando la cámara nos enfoque para hacernos existir en esta dimensión híbrida que nos abandona. Tal vez, sí tenían razón aquellos que decían que las cámaras roban el alma. Aquí te la traigo, sin filtros. No me gustan, ¿sabes?

En la medida que sigan vasos vacíos, podremos llenarlos con lo que queramos. No quedarnos con lo clásico, como Aravena dice respecto a los dulces de leche, y atrevernos a probar el licor de lo nuevo. A veces, he querido haber sido más mundano y no tan cómodo, pero de cierta forma, en ese NS-93 entendí que lo que debía hacer era patalear. Que esto no se trata de ser hedonista todo el tiempo y entregar nuestros esfuerzos a una máquina que nos va a aplastar en cualquier instante, como esa cucaracha que vi en una cafetería de una multinacional, la cual fue aplastada por una Melusina. Estoicos, tal vez. En la medida que podamos. Los días se nos van quemando y el cuerpo ya comienza a resentirse. Pero, ante todo, es perentorio dejar dicho que ante esta distopía que comienza a escribirse en el aquí y ahora, tengo serias intenciones de ponerle fin a lo que parece infinito, porque no he olvidado que tengo de mi lado el fuego. Consumir todas las luces que sean necesarias para poder abrir los ojos, y entender el sentido de la palabra despertar.

Porque no debemos conformarnos con la idea de construir para esconderlo bajo el suelo. Hay una vida afuera, y nos hemos ganado la vida. ¿Para qué dejarla oculta en un subterráneo?

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