Palabras del alma

Réquiem

Del túnel emergen sombrías e incesantes campanadas. La melodía del adiós comienza a trinar con esa furia que anuncia la tragedia. La velocidad del sonido se torna relativa y la física da su lección de refracción no sólo en los oídos. Sino también en tu mente, en tu boca, tus huesos y en lo que te queda de humanidad.

He venido a un funeral, tal como lo hice hace un año atrás. Mis pantalones negros son la expresión de un respeto arrebatado. No sólo asisto a presenciar la muerte de alguien, sino también soy el verdugo. Tengo las manos con sangre invisible, pues es una muerte inmaculada. Toda la violencia que pudo haber tenido fue costeada con años de servicio a una humanidad demacrada. ¿Para qué más?

Se va más que un personaje. Es una construcción que zozobró al calor de las penurias y los embates que sólo una vida podría entregar. La articulación de un puñado de ideas, ilusiones, expectativas, aspiraciones, sueños. Pensamientos. Una epistemología que muere.

Lo que fue alguna vez, no concordaba con el aquí y el ahora. Principios que se vuelven obsoletos. Una bondad y una nobleza desperdiciada, pisoteada, aborrecida. Lealtades que se diluyen en el cauce del egoísmo y los fines que promueven ciertos medios.

Caíste en el abismo y no pudiste salir. Ya no tuviste la misma fortaleza de antes porque dejaste de creer. Porque las fórmulas de ser y existir ya no sirvieron siquiera para hacerte sonreír… ni poder compartir esa sonrisa con el resto. Tu alma comenzó a contaminarse con daños dolosos y mentiras piadosas, en la misma medida que entregaste tanto por tantas personas, en tantos lugares diferentes.

Conociste la deslealtad, el ocultamiento y la poca transparencia. Los puñales en tu espalda, los falsos amigos que ocupan tu nombre para sus fines, el olvido de otros que aplaudían tus espectáculos, que aprovecharon de tu talento, de tu verborrea. De las verdades ocultas que te sacaban a punta de cervezas. De tu frágil risa, de tu alma delgada. La mentira. La traición, al fin y al cabo.

¿Para qué más…?

Los gritos de dolor que se ahogaron en llantos desmedidos, empapando la almohada. Las calles se volvieron iguales, sombrías. Los rostros, difuminados, expresaban el mensaje lamentable. Nada podría ser distinto a lo que ya fue y ha venido siendo desde que te plantaste ese nombre. Chikocl, este es tu réquiem, el lamento hecho melodía, donde murieron tus bondades, tus ganas de seguir estando en este mundo, de servir como lo creías hacer, para dejar tu lugar a otro sujeto. Renacer podrían llamarle. Alguna vez hablaste de eso, le denominaste Léxico del Fénix. Eras chico. No sabías nada.

Advertiste en su momento la competencia, el afán de que las personas quisieran empoderarse y apoderarse de tu vida y de tus acciones… pero de pronto te decidiste a creer en esos lobos hambrientos. Homenajearé por última vez tu paciencia y esa vocación por escuchar que siempre tuviste, aunque de pronto te arrogaras esa maldita costumbre de aportar con consejos. Sí, a veces eras molesto, porque eres de esos que dicen la verdad que nadie quiere decir, porque te habían enseñado y estabas convencido que la honestidad era un valor inconmesurable. Te comprometías como si cada día fuera el último y viviste muchas cosas intensamente. Entregaste siempre todo lo que pudiste en cada instante de tu vida, eras apasionado con lo que hacías, y en la medida que podías incluso lo enseñabas.

Compartir era tu consigna, aunque te costara. Chikocl era tu caballito de batalla, el personaje que te instaba a dar un paseo al ridículo, abrazar el intelecto, creerte el cuento y pensar que la razón sería siempre una aliada, una compañera. Confiabas sin más, a quien se dedicara a escucharte, porque parecía siempre que tenías mucho que decir. Periodista fuiste, hoy casi profesor.

El desdoblamiento se hace prominente hoy, porque redacto tu sentencia de muerte. Porque tu agonía expresa el hastío de un mundo que no te valoró, de personas que jugaron hasta el cansancio con tu buena voluntad, que se arrogaron el derecho de mentirte, de no ser transparentes y de utilizarte; porque aunque de pronto fueras algo altanero, siempre estabas un paso adelante

Nunca te quedó claro si sumaste o restaste. Soliste ser un tipo querible… pero cuando ya estabas bien lejos. Como quien te quiere con un cariño póstumo, esos recuerdos que vienen de repente, pero mejor quedándote ahí.

Sin embargo, hay algo que siempre tuviste claro. Cuando conociste las primeras contaminaciones que comenzaban a inundar tu alma, años atrás, supiste que el destino estaba marcado por tu soledad. Nadie sería capaz de sentarse a ayudar y ordenar tu desorden, porque para entregar tanta vida se necesita tiempo, espacio, tesón. Conocer de tus pasiones, de tus intenciones. De la buena fe que te movía. Esa paciencia que nadie te iría a retribuir, salvo muy honrosas excepciones que de seguro te extrañarán.

Te dijeron alguna vez que no te merecías estar solo. ¿Pero quién sabe a estas alturas de merecer? De pronto no es posible estimar qué cosas cada cual puede merecer, porque sencillamente la vida no te brinda los frutos de la cosecha que esmeradamente estuviste realizando. Es cierto, no todos piensan igual que tú, ni tampoco comprendieron cabalmente tu bondad.

¿Para qué…?

Es la pregunta que te hiciste al sentirte atropellado. Para qué seguir dando lo mejor de ti en todo, cuando será aquello el papel higiénico que limpiará el trasero de quienes se funden en carcajadas cuando tú te estás muriendo. Y así, sistemáticamente, cada época de tu vida, personas en distintas medidas, te rayaron el rostro sumiéndote en la burla, en la segmentación.

Tantos golpes que te dieron, que poco a poco fuiste adquiriendo algunas de esas costumbres que tanto odiaste. Algo así, es lo que pude leer en el escrito que traes en el bolsillo, a minutos de tu partida. Decía más o menos así.

“Por primera vez en la vida, deseé desaparecer.

Aunque no busqué siquiera en pensamientos la forma de cómo hacerlo, ni concretarlo (y creo que tampoco llegaría a esa instancia), sí deseé que la magia existiera y me arrebatara la vida en el sueño.

Es cuando miro hacia atrás y observo los rastros de cada cosa, acto, acción que he cometido y cómo he estado haciendo una realidad de acuerdo a lo que he aprendido, o los principios que me han movido. De pronto, estás arriba… en otro instante estás abajo. Se supone que es parte de la vida estar en este vaivén, que todo pasa, que todo fluya, que la energía no se crea ni se destruye y sólo se trasforma y que uno cosecha lo que siembra.

También he pensado y ejecutado la idea que el algún instante salió desde mí, que muchas cosas no son para tenerlas para mí solo. Que las necesito compartir, porque somos seres sociales, que queramos o no hacemos pactos con personas. Personas importantes, que mueven tu vida.

Es cierto, ya no estoy en esa etapa lúcida donde la Banquita del Placer y el Conocimiento me cobijaba, en un contexto muy protegido, donde las vivencias eran más bien suaves respecto al devenir de la vida. Donde teorizaba mucho, daba mis primeras impresiones de un mundo que veía hostil. Y vaya que tenía razón en algunas cosas.

Normalmente, cuando escribía una carta de ajuste, iba asociada a un petitorio a alguien en particular porque me sentía mal con un agente externo. Porque me violentaban, o me hacían hacer cosas que no quería, o no era valorado… qué se yo. Una pasó desapercibida, otra me costó una relación y la tercera la arregló por un buen tiempo, a pesar de que más adelante su contenido dejó de ser relevante por el mismo rigor del tiempo. Pero este no es el caso. Hoy el tema es conmigo y nada más que conmigo.

Es difícil desdoblarme y comenzar a mirar en qué me he convertido. Ya no es el tiempo de los laureles y la infinita admiración cuando gozas que todo te sale bien y todos se sienten con las ganas de ensalzarte. Fue muy exquisita esa sensación. Llegué a sentir afecto (del fácil), y en otros casos, sincera admiración. Me vi en algún momento haciendo las cosas bien, y les aseguro que se sintió genial. Por fin, podía merecerme con justicia el título de la bondad y la nobleza al que tanto aspiraba, y lo mejor de todo, poder compartirlo en diferentes medidas, con distintas personas.

Pero hoy, miro mi presente, y me siento avergonzado de haber olvidado muchas cosas que me movían a ser como en esos quince minutos de felicidad absoluta y propia. Sin mediar con nadie, sino que conmigo mismo, con lo que hago.

Dónde quedó aquel guerrero que hacía gala de su bondad. Dónde quedó ese sujeto que al fin había logrado prescindir de las palabras para que sólo sus buenas acciones hablaran por él. Sí, yo dejé de escribir mucho tiempo, porque estaba dedicado a crear y construir y porque pensé que ya no era necesario valerme por una sarta de promesas e ideas que se perdían en la teoría. Por mucho tiempo pensé que estaba haciéndolo bien (no sin cuestionármelo periódicamente), pero de pronto abro los ojos y veo que no es tan así. No estoy dando felicidad, estoy dando penurias. Mi proyección como persona se pierde en la niebla oscura de la incertidumbre, de la inseguridad, y sobre todo de los malos aprendizajes.

Qué me ha pasado. Y lo peor, cómo fue que he llegado a la inferioridad suprema. Si me viera quien escribió “Tengo algo que decir” en 2006, estaría riéndose de mi descaradamente, porque merezco la burla, la sátira, el castigo. ¡Cómo no eres capaz de hacer las cosas bien, por la cresta!

Las piezas se me han desparramado, y todo lo que creía que eran mis principios se derrumbaron. Lo peor, los derrumbé yo. Y eso salpica. Las cosas que alguna vez escribí o pregoné fueron traicionadas, y como esto es una cosa de acción y reacción, me han golpeado a mí. Me doy asco, siento que no he podido caer más bajo, hoy no puedo responsabilizar a nadie de esto. Esto lo causé yo, porque no he sido capaz de sobreponerme a mis traumas, a mis miedos, al daño que otras personas y la dinámica de este mundo me causaron. No he sabido amar, olvidé cómo ser noble, sólo estoy causando dolor.

Y no es fácil vivir con esa carga una vez que te das cuenta. Es la anagnórisis más brutal que he tenido en la vida. Es básicamente entender que todo lo que creíste que estaba bien de ti, nunca fue así, porque en el momento donde debías demostrar superioridad, y lo mejor de tu poder, sólo hiciste acciones patéticas que destruyen.

Mis miedos se impusieron, y las cicatrices hoy duelen más que nunca. Siento que todo lo que sabía sobre amor, nunca fue real sino un engaño. Un engaño del cual muchas personas se valen para sus acciones y tampoco se han dado cuenta. Pero otras pocas, especiales, genuinas, están libres y son quienes se decepcionan de gente como uno. Ese tránsito desde el cariño hasta la compasión. Pobre hueón.

Aborrezco aquello que he vivido y que me dañó, y me reprocho no haber aprendido de verdad. No bastó sólo con rebelarme en su momento. Repudio no haber internalizado, no haber pensado cómo aprendí, porque en el fondo si me seguí equivocando, finalmente no aprendí nada. 29 años perdidos. Y esto es lo que me hace sentir más miserable. Estoy rodeado de fantasmas y lo único que he logrado es perpetuar mi soledad al no abrirme a la sanación, a cambiar mi forma de plantearme y seguir en una nefasta zona de confort. Al final, no he sido capaz siquiera de emitir un grito de auxilio. Olvídalo, Claudio. Nadie tiene tiempo ni espacio para tus tonteras, ni tampoco merecen bancarse tanta mierda.

Pensaba ser poderoso y tuve el descaro de en su momento dar recetas para aquello. Creía que la razón estaba de mi lado y la inteligencia era algo natural, que serviría para tener todo en las manos. Las pelotas. Aquí no he demostrado nada de poder. Sólo cobardía, sólo temor. El valor se me fue a las pailas, y al final me terminé convenciendo de que no soy capaz de amar como corresponde, como se merece alguien de gran altura. Lo peor, es que mi debacle es generalizada. No es sólo el amor, sino mi bondad, mi parada frente a todo el mundo. El daño no ha sido sólo a una persona.

Se me llenó el alma de veneno, de despotismo. De frialdad en algunos casos. Me olvidé de lo que era o al menos de lo que aspiraba, pero también el mundo se encargó de ponerme así, aunque vale acotar que eso es una decisión que toma uno. En algún instante pensé que del mundo debía defenderme en vez de hacerme parte de él, y convencerme de la idea de que las personas son esencialmente malas, y que en algún instante es inminente que te dañen. Hobbes me viene a penar nuevamente.

Perdí la capacidad de mirar en los ojos la bondad de otra persona. Perdí mi capacidad de mostrarme de manera transparente (e incluso ahora me cuestiono si sirve, en realidad, ser tan transparente). Perdí mi capacidad de confiar, de entender que hay infinitas maneras de hacer las cosas y que no todas conducen necesariamente al descalabro. Me olvidé de sentir, y me dediqué sólo a pensar. Me he olvidado de vivir.

Hoy siendo que comienzo nuevamente a perderlo todo. Que no me extrañaría llegar al punto de la perdición total, ya que a estas alturas nadie va a querer salvarte ni ayudarte. No se hizo nunca, tal vez hoy sea la única vez que podría suceder (y francamente es lo que mi corazón espera). Mi memoria no se olvida que en el ayer, sufrí de la deshonestidad, del excesivo control y de la violencia de las personas. De la envidia y el pelambre, de los falsos amigos y las decisiones políticas. De las personas que se te acercan por conveniencia, de las falsas loas, y que tras eso, me golpearon en el suelo y abandonaron a mi suerte. Y me veo hoy encerrado en mi habitación oscura, silente, fría, porque también perdí la manera de expresarme como corresponde,… y que si lo hago, expreso estupideces.

Lo peor, he sido tan contaminado por esta humanidad, en la que he perdido totalmente la fe, que de pronto me veo haciendo las mismas cosas reprochables por las cuales yo miré hacia abajo a esas personas. Sea accidental o con dolo, nadie está exento. Pero si no remedio esto, no tendré nada más que esperar. En realidad ya no puedo esperar nada de las personas. Y si alguien tiene la gentileza de brindarme algo, de verdad lo agradezco. Agradezco que me den esa pequeña esperanza de que dentro de todo este pensamiento de odio y desazón, hay una posibilidad de que me digan que estoy equivocado.

Una parte de mí se resiste a dejar de creer. Quizás es la que aún no está contaminada, y ojalá sea mi corazón. Quiero saber si existe una forma de poder enmendar lo realizado, ser mejor persona, mejor hombre, quitarme los fantasmas, ser más seguro, confiar más, ser menos autoritario conmigo y el resto, y abrirme a entender nuevas maneras de ver la vida. ¿Es acaso muy tarde?

Me he visto obligado a apagar el Mobitec, detener mi máquina y revisar las hojas de ruta que la vida me ha dado. Recordar las felicitaciones y las veces que me han roto los vidrios y me han apaleado. Reconozco el resentimiento que siento todavía por quienes me hicieron tanto daño, porque hasta hoy veo mis actitudes permeadas por el dolor que sentí. Repudio la forma de cómo me enseñaron el amor, hasta antes de la historia actual. Entiendo que sanar lleva tiempo. No sé cuánto, pero no lo harás si no quieres hacerlo. Yo lo necesito.

Me dijeron alguna vez que “uno no cambia si no lo quiere”. Lo único positivo que he sacado últimamente es haber vencido el orgullo estúpido que me embargaba cuando me enojaba. Una sola cosa. ¿Y el resto?

Siento decepción por las formas que he tenido de armarme para esta etapa tan importante de mi vida. Soy una persona que pocas veces pide ayuda, que escribo bastante, pero de un tiempo a esta parte es cierto que deben sacarme las palabras con tirabuzón. Dentro de mi corazón, sólo quiero ser mejor, y duele no poder lograr algo tan básico. Siempre he hablado de inteligencia, de poder, de optimismo. ¿Cuándo fue que todo se me fue al carajo? Es aquí cuando interpelo a mi historia. De cada cosa vivida, anotando con un check cada una de mis ex bondades. “Esto ya no sirve, esto tampoco, esto tampoco…”.

Al final armé un adefesio encantador. Otra de las razones por las cuales dejé de expresarme, es porque al final me entrené para hablar y ya me da lata expresarme porque saben “que hablo bonito”. Lo que estoy diciendo no es bonito, estoy sacando afuera un dolor inmenso, porque estoy odiando lo que soy, porque estoy cometiendo errores y haciendo estupideces que me van a llevar a perder todo lo que más aprecio y amo; y con esto no me refiero tan sólo a una relación de pareja. Pueden ser más cosas si no hago algo al respecto.

Ya no estoy con mi conciencia tranquila. No sé siquiera por donde partir para arreglar todo este entuerto. Una vez vaticiné que mi destino era la infinita soledad y por la chucha, me niego a eso, me rebelo, porque dentro del poco optimismo que me queda, sé que uno puede aprender y ser capaz de construir. Ser importante para las personas precisas y sentir el amor de verdad, sin estar contaminado y pudiendo retribuir con la justicia que se merecen. De verdad perdónenme si no he podido estar a la altura de lo que se merecen, perdónenme si he sido un maldito egoísta, controlador, autoritario. Ya me he dado cuenta que no puedo tener las cosas siempre bajo control. Siento que hoy ya no merezco nada, que es justo sentir este dolor que me está matando día a día, sobre todo al verme incapaz de hacer las cosas bien. No abandonaré este mundo ahora, pero tampoco quiero vivirlo en esta sombra. Necesito saber si tengo alguna forma de cambiar mi historia.

Quiero sentir nuevamente el sabor de lo sublime, y conservarlo de la mejor forma posible, pero yo estando a la altura, aprendiendo, despojándome de todo este mal y sintiéndome apoyado. Solo no me sirve, solo me quedo acá, porque solo, naturalmente no afecto a nadie.

Mundo maldito, recibe mi más enérgico grito de repudio. Yo no quería ser como tú, así de hostil, de egoísta. Yo quería ser noble, compartir aquello, hacer cosas buenas y forjar mi honor con eso. Sentirme pertenecido con justicia y libertad (avalando la contradicción), por los méritos de la misma bondad y nobleza. ¿Por qué me he perdido de ese camino? ¡No fui capaz de aprender las lecciones!”

El papel, arrugado, muestra manchas de tinta corridas. Probablemente tus lágrimas la regaron. Pero qué lamentable luces. ¡Qué te hicieron! ¡Qué hiciste!.

Entiendo. Tu peor pecado fue creer. Creer en las personas, en que la bondad existía. En ser tan crédulo, tan ingenuo. En pensar que lo que estaba correcto para ti, lo estaba para todos. En seguir poniendo una y otra vez la otra mejilla.

Es por eso que ahora no das más y te entregaste voluntariamente. No quieres más de esto. Tan sólo querías ser querido genuinamente, tan sólo eso. Que te valoraran los esfuerzos, y que fueran honestos contigo. Las respuestas que nunca llegaron.

15 años para hacer tus definiciones, llegar a madurarlas a un punto máximo y ahora dar cuenta de tu obsolescencia. Ya no sirve tu biblia de pensamientos, la fe se te fue al carajo. Ciclos, le llaman. Un síntoma quizás del cambio de folio.

Hoy yaces, esperando el final. Supiste lo suficiente como para no desear seguir gastando aire. Me has pedido que ejecute la sentencia porque ya no das más, el corazón hoy se te ha vuelto un saco de aserrín. Tu mirada perdida, las frases repetitivas. La decepción que tienes por todo lo esforzado. ¿Qué fue lo único que aprendiste a finales de cuentas? El final ha llegado, y está en mis manos.

Fue un gusto conocerte, Chikocl. De verdad lo pasé bien junto a ti. Una lástima que no hayas logrado la trascendencia que querías ni tampoco la reciprocidad, pero a estas alturas comprendo que ya no quieras seguir luchando por ser “alguien para alguien”. Recordaré tu dedicación y tu pasión, sobre todo. Lo sincero que fuiste, tanto que no sé si yo podría seguir tu obra. Espero que en otra dimensión logres tu redención, lo que es yo, observaré lo otro que anuncia por nacer. Renacer, le llaman, una vez más. Esperaré sentado, en cualquier instante podré observarlo.

Llegó tu hora. Cierras los ojos. ¿Será esto la muerte? Qué se sentirá, un alma pulverizada que sale por tu nariz, tus orejas, tu boca. Como miles de cristales pulverizados.

Adiós, adiós amigo. Gracias por tantos años de compañía. Por el lugar que dejas. Por tu verdad.

Mañana será otro día… y en este lugar ya será otro el protagonista.

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